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29 y 30 de mayo de 1969

El Cordobazo 

El tardío y repentino desarrollo industrial de Córdoba había creado un movimiento obrero local que era más independiente, democrático y combativo que en cualquier otra parte del país.

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A la vista de esos millares de trabajadores ahora encolerizados y amenazantes que marchaban resueltamente hacia ella, al principio la policía vaciló y comenzó a retirarse, luego huyó en desbandada.

No obstante, en sí mismo el desarrollo de la ciudad encabezado por la industria automotriz ofrece una explicación insatisfactoria. Los orígenes inmediatos del Cordobazo se encuentran en la política obrera local. La protesta se explica mejor, no como un resultado de la singularidad socioeconómica de Córdoba, sino de las condiciones existentes en determinados sindicatos. 

Más importante: el Cordobazo fue el resultado de las frustraciones e inquinas acumuladas en todas las clases de la ciudad a lo largo de casi tres años de gobierno autoritario. Esa frustración encajó con la tradición de resistencia y militancia de los trabajadores locales y con las estrategias específicas que sus sindicatos elaboraron para enfrentar a la dictadura.

La lucha contra las quitas zonales y por el sábado inglés

Los problemas de la UOM con las quitas zonales se convirtieron en un punto de reagrupamiento del movimiento obrero cordobés en las semanas que culminaron en el Cordobazo. La negativa de la patronal a eliminar las quitas zonales, la tasa salarial diferencial usada solo en su industria que otorgaba menores sueldos a los trabajadores metalúrgicos del interior, obligó a Alejo Simó de la UOM a pronunciarse. En marzo de 1969, como una concesión a Vandor para ayudarlo en su intento de recuperar la díscola UOM cordobesa, el Ministerio de Trabajo eliminó las quitas zonales. 

Una vez más, los empresarios cordobeses ignoraron alegremente la orden del ministerio. Incapaz de reducir sus costos laborales a través de despidos, que habrían sido una forma segura de provocar una respuesta sindical inmediata, IKA-Renault se levantó como el principal partidario de la revocación de la ley del "sábado inglés", concesión especial que en varias provincias otorgaba a los trabajadores de determinadas industrias un jornal entero a cambio de que trabajaran medio día los sábados. 

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El 29 de mayo de 1969, a eso de las 10 de la mañana, unos 4.000 trabajadores del SMATA se encaminaron a la sede central de la CGT.

Como la ley nunca había sido aprobada en Buenos Aires, IKA-Renault podía apuntar a ella como otro factor responsable de la incapacidad de la empresa para competir con las nuevas firmas instaladas allí, y argumentar en favor de su derogación. La ley del "sábado inglés" era especialmente apreciada por los trabajadores automotrices de Córdoba, que estaban sometidos a condiciones laborales más penosas que la mayoría de la clase obrera, y la principal preocupación del SMATA por una posible anulación.

La radicalización del movimiento estudiantil 

(…) La resistencia estudiantil a las purgas que Onganía realizaba en las facultades y a sus políticas universitarias en general había sido viva y fogosa. Su primer clímax lo alcanzó en septiembre de 1966 cuando, en lo que vino a ser un ensayo general del Cordobazo, los estudiantes ocuparon el Barrio Clínicas, veinte cuadras de pensiones estudiantiles y centro histórico de la vida política universitaria, como protesta contra el régimen. Onganía respondió con la clausura de la poderosa Federación Universitaria de Córdoba (FUC). (…)

Mayo de 1969 fue un mes excepcionalmente tenso para los estudiantes, en la medida en que el gobierno redobló sus esfuerzos para sofocar cualquier signo de actividad política en las universidades. El 15 de mayo, en Corrientes, miles de estudiantes de la Universidad del Nordeste manifestaron contra el aumento de los precios del comedor universitario y chocaron con la policía. Cayó muerto el estudiante Juan José Cabral. El 18 de mayo, la bronca estudiantil estalló en Rosario, donde fue asesinado Adolfo Bello. A su entierro concurrieron más de 10.000 manifestantes. 

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La escena en Rosario, el 15 de mayo de 1969. Ese año, los estudiantes de Corrientes, Río Negro, La Plata, Mendoza y Tucumán anticiparon lo que sucedería en Córdoba.

El 21 se declaró la "huelga universitaria" en Rosario y cayó un nuevo mártir, el estudiante y aprendiz metalúrgico Norberto Blanco. Obreros y estudiantes marcharon del brazo por ciudades como La Plata, Rosario y Tucumán. La mayor de las protestas fue la de Córdoba, tras enfrentamientos separados con la policía que culminaron con la erección por parte de los estudiantes de barricadas en el Barrio Clínicas, el 23 de mayo.

Las relaciones amistosas entre los movimientos obrero y estudiantil pasaron a virtual alianza, y la sede central de la CGT en Vélez Sarsfield sirvió como lugar de reunión, tanto para sindicatos como para estudiantes. El 25 de mayo Tosco pronunció en la universidad un discurso que cimentó públicamente la alianza obrero-estudiantil y preparó a unos y otros para los sucesos del Cordobazo.

La UTA y Luz y Fuerza

Atilio López y la Unión Tranviarios Automotor (UTA) reaparecieron luego de un distanciamiento de casi siete años de la política sindical local para organizar una serie de huelgas de protesta contra una propuesta de reorganización del sistema de transporte urbano, que habría perturbado gravemente los planes de jubilación y las categorías. En las semanas que culminaron en el Cordobazo, los choferes, amargados por el fracaso de las cooperativas obreras que se habían establecido en algunas líneas luego de la privatización de la empresa municipal de ómnibus en 1962, e inquietos con la perspectiva de la inminente reestructuración del sistema de transporte público de la ciudad, se contaron entre los miembros más activos de la clase obrera cordobesa. 

(…) Luz y Fuerza, un sindicato no habituado a conflictos ásperos con la patronal, tenía sus propios motivos para la militancia. Un nuevo plan gubernamental para la racionalización de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba y la privatización parcial de la energía eléctrica en la provincia eran considerados como el primer paso hacia la disolución de la empresa pública y finalmente la privatización completa de la industria.

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El 28 de mayo, sindicatos y organizaciones estudiantiles acordaron marchar al día siguiente en columnas separadas, desde la zona industrial y desde el sindicato de Luz y Fuerza.

La huelga general del 29 y 30 de mayo: paro activo con movilización 

Las presiones de las provincias, especialmente de la CGT cordobesa, habían impulsado tanto a la CGT-A nacional como a la renuente CGT de Vandor a coordinar un paro general de 24 horas para el 30 de mayo 1969. En Córdoba, los sindicatos negociaron para iniciarlo el 29 y extender la protesta local a un paro activo 48 horas para el 29 y 30 de mayo 1969.

(…) En la reunión del 28, Tosco, Torres, Miguel Ángel Correa (madereros, secretario de la CGT-A), López, Alfredo Martini (principal lugarteniente de Simó en la UOM local) y varios representantes estudiantiles acordaron marchar al día siguiente en columnas separadas: una desde Santa Isabel, en la que se agruparían los trabajadores de SMATA que subirían por Vélez Sarsfield hasta la plaza, y la otra dirigida por los trabajadores de Luz y Fuerza desde las oficinas de la EPEC, que marcharía por la Avenida Colón. 

Debían encontrarse alrededor del mediodía frente a la sede central de la CGT y organizar allí una concentración. A los cuatro principales sindicatos participantes en la protesta —Luz y Fuerza, el SMATA, la UOM y la UTA— se les asignaron sectores separados de la ciudad, donde cada uno debería coordinar la resistencia en caso de que la policía disolviera la manifestación.

En la mañana del 29 de mayo de 1969, Elpidio Torres y sus colaboradores del SMATA abandonaron la sede del centro y se dirigieron a las puertas de la fábrica de IKA-Renault. Fuera de la fábrica, Torres pronunció un breve discurso. A eso de las once, y seguido por cerca de 4.000 trabajadores del SMATA, se encaminó a la sede central de la CGT en Vélez Sarsfield.

(…) Como resultado de la presencia policial en la plaza Vélez Sarsfield, algunos trabajadores se desplegaron por las barriadas adyacentes: Barrio Nueva Córdoba, área estudiantil al este, y Barrio Güemes, zona obrera al oeste. Cuando el grueso de la columna bajó por Vélez Sarsfield hacia el Boulevard San Juan, la policía abrió fuego, matando a un trabajador, Máximo Mena, e hiriendo a muchos otros. Después del pánico inicial, por las filas de los miles de manifestantes que permanecían en Vélez Sarsfield se difundió una ola de indignación y resolución. 

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El Cordobazo fue el resultado de las frustraciones e inquinas acumuladas en todas las clases de la ciudad a lo largo de casi tres años de gobierno autoritario.

A la vista de esos millares de trabajadores ahora encolerizados y amenazantes que marchaban resueltamente hacia ella, al principio la policía vaciló y comenzó a retirarse, luego huyó en desbandada. Desde ese momento, la protesta perdió su organización y se transformó en una rebelión espontánea. Los trabajadores que habían atravesado los barrios adyacentes volvieron a unirse al resto de la columna y comenzaron a erigir barricadas y encender hogueras en Vélez Sarsfield y las calles de los alrededores. A los trabajadores del SMATA pronto se les unieron los residentes del centro, que habían observado el enfrentamiento desde sus ventanas y balcones y compartían ahora la expresión de indignación colectiva no sólo contra la acción policial sino también contra tres años de intimidación y régimen autoritario.

Mientras tanto, unidades policiales habían impedido que la columna obrero-estudiantil de Tosco avanzara hacia la sede de la CGT, por lo que ésta intentaba llegar a Vélez Sarsfield por una calle paralela, La Cañada. Encabezada por los trabajadores de Luz y Fuerza, esta columna también incluía contingentes de sindicatos legalistas como la UTA y los estatales de ATE y había sido atacada por la policía con gas lacrimógeno junto a las oficinas de la EPEC, donde se habían congregado para la marcha. A la furia de los afiliados del SMATA se sumó la ira de estos trabajadores a medida que se abrían paso hacia Vélez Sarsfield. Al alcanzar allí a los trabajadores mecánicos, la columna de Tosco se confundió en la protesta general. 

(…) a medida que corría la voz sobre el ataque policial, la protesta se convertía en una rebelión que abarcaba toda la ciudad. Hacia la una de la tarde, se levantaban barricadas y hogueras en un área que cubría unas 150 cuadras, desde los barrios Alberdi y Clínicas al oeste hasta la Avenida Vélez Sarsfield al este, y desde las barriadas a orillas del río Primero en el norte hasta Nueva Córdoba y Güemes en el sur. En los barrios al este de Vélez Sarsfield, bandas errantes de trabajadores y estudiantes incendiaban autos y se movían a voluntad mientras la policía se retiraba hacia el cabildo y la Plaza San Martín, confusa con respecto a las medidas a tomar a continuación.

En la Avenida Colón, la principal calle comercial de la ciudad, los manifestantes habían incendiado las oficinas de Xerox Corporation, un concesionario Citroën y otros negocios. La destrucción de locales de empresas extranjeras como Xerox y Citroën no era accidental. Una de las características distintivas de la destrucción que rodeó al Cordobazo fueron la baja incidencia del pillaje y la preferencia por blancos con simbolismo político. Si bien hubo saqueos y cierta violencia gratuita, el carácter de la destrucción tuvo un fin político más determinado que la violencia del Bogotazo del 9 de abril de 1948. También incendiaron el club de suboficiales en San Luis y La Cañada.

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En marzo de 1969 el Ministerio de Trabajo eliminó las quitas salariales zonales. Una vez más, los empresarios cordobeses ignoraron alegremente la orden del ministerio.

(…) Hacia el anochecer, la protesta comenzó a asumir un carácter diferente, a medida que la iniciativa pasaba de los trabajadores a los estudiantes. Los dos barrios estudiantiles, Clínicas y Alberdi, se convirtieron en los centros de la resistencia, si bien otros grupos y clases participaban allí, en especial obreros. El Barrio Clínicas, en especial, atraía a manifestantes de toda la ciudad en un número que Tosco estimó posteriormente en 50.000 personas, y parecía inevitable un enfrentamiento sangriento con el ejército, que se preparaba para intervenir. En esos momentos, los francotiradores habían tomado posiciones en los techos de los edificios del lugar y empezaban a llegar reservas de armas, de las que se rumoreaba eran la precipitada contribución de varias organizaciones izquierdistas clandestinas, a las que la protesta había pescado desprevenidas.

Las primeras tropas llegaron a los límites del Barrio Alberdi poco antes de las cinco. Hacia las seis, se habían trasladado a la zona de barricadas de la Avenida Colón, y contestaron al fuego de los francotiradores de los techos con disparos de ametralladoras. A pesar de la fuerte resistencia, las tropas avanzaban con firmeza, tomando las calles una a una. 

Los francotiradores, armados principalmente con pistolas de bajo calibre, rifles de caza y cócteles molotov, eran superados en potencia de fuego, y a medida que el ejército subía hacia el este por las paralelas Avenida Colón y Santa Rosa, algunos manifestantes buscaron refugio en las pensiones y casas particulares del barrio, mientras la mayoría abandonó la zona y se unió a los miles que ocupaban las barricadas y encendían hogueras en el Barrio Clínicas. Como había bolsones de resistencia en otras zonas de la ciudad, se enviaron tropas a otros barrios además del Clínicas. 

(…) En el Barrio Clínicas, las tropas del ejército entraron en busca de estudiantes, condición que por sí sola implicaba ahora culpabilidad e invitaba a las represalias. No obstante, por el momento la iniciativa había vuelto a manos de la resistencia. Durante las dos horas siguientes los manifestantes pudieron moverse con relativa libertad, provocando más incendios —incluyendo un intento fallido de quemar el Banco de la Nación— mientras el ejército quedaba paralizado y sin comunicaciones.

La energía se restableció a eso de la una de la mañana, y el ejército reanudó su asalto, haciendo docenas de detenciones a lo largo de la noche e infligiendo graves pérdidas a los francotiradores. El Barrio Alberdi y especialmente el Clínicas siguieron siendo los centros de la resistencia durante la noche, aunque los barrios al norte y al sur de la disputada zona céntrica se convirtieron en nuevas áreas de disturbio cuando el levantamiento se trasladó aparentemente a la periferia de la ciudad, donde la presencia militar era débil. 

Al amanecer, Córdoba era una ciudad ocupada. Si bien podían oírse disparos esporádicos por doquier y los francotiradores del Clínicas seguían ofreciendo resistencia, el ejército había apostado tropas en puntos estratégicos a lo largo y lo ancho de la ciudad y se movía en tanques pesados. Cuando la infantería se movilizó para el asalto final al Barrio Clínicas, centro estratégico de la rebelión, las marchas de protesta previamente planificadas para la huelga general de ese día atrajeron el apoyo de gran parte del pueblo y obstruyeron las calles céntricas, obligando a los jefes militares a posponer su ataque.

(…) ni Tosco ni Torres se vieron obligados a tomar la decisión final de resistir o rendirse. Las tropas del ejército entraron en ambos edificios sindicales en las primeras horas de la mañana y detuvieron a todos los dirigentes presentes. Esposados, Tosco y Torres fueron conducidos a la comisaría central de la policía en la Plaza San Martín. Al día siguiente, mientras se lo trasladaba en un avión de la fuerza aérea a la penitenciaría federal de La Pampa, Torres se enteraría de que sus peores temores se habían cumplido: un tribunal militar lo había condenado apresuradamente a cuatro años y ocho meses de cárcel. Sobre Tosco había recaído una sentencia de ocho años y tres meses, y otros dirigentes de Luz y Fuerza, como Felipe Alberti y Tomás Di Toffino, también recibieron duras condenas de varios años.

Después de los arrestos de Tosco y Torres, lo que quedaba de la participación obrera en el Cordobazo disminuyó. La resistencia se limitaba ahora al Barrio Clínicas, pero incluso allí estaba muy debilitada. Alrededor de las seis de la tarde del 30 de mayo, el ejército lanzó su ofensiva final sobre el barrio y una hora después lo había ocupado completamente. (…)

Al anochecer del 30 de mayo de 1969, el Cordobazo había terminado. Los dos días previos habían dejado una cifra oficial de doce muertos, pero la real era indudablemente mucho más alta —tal vez de sesenta—. Había también cientos de heridos, al menos noventa de ellos de gravedad, y más de un millar de personas habían sido detenidas.

Desde el momento en que fue asesinado Máximo Mena, el obrero de IKA-Renault, el Cordobazo no había seguido ningún plan. Algunos aspectos del levantamiento habían sido decididos de antemano. La decisión de provocar un apagón en la ciudad fue tomada por los trabajadores de Luz y Fuerza independientemente de los otros sindicatos, como un plan contingente en caso de que hubiera una dura represión. Luego de la retirada de la policía, la dispersión por los barrios y la erección de barricadas se produjo de acuerdo con las zonas asignadas a cada organización sindical y estudiantil. Pero el carácter del Cordobazo fue más improvisado que intencional.

Las organizaciones obreras y estudiantiles que habían planeado la demostración del 29 de mayo de 1969 no pudieron controlar los sucesos que se produjeron cuando gran parte de la población de la ciudad se volcó a las calles, algunos como espectadores intrigados u horrorizados, pero muchos como participantes activos en la protesta. El Cordobazo se había convertido en una rebelión popular, un repudio colectivo al régimen de Onganía.

La clase obrera había sido el principal protagonista del levantamiento, pero los intentos de los sindicatos y en especial de Tosco por establecer algún tipo de disciplina y organización a lo largo del 29 de mayo de 1969 habían fracasado. Las detenciones de Tosco, Torres y los otros dirigentes sindicales en la mañana del 30 arruinaron toda posibilidad de preparar una resistencia obrera más coordinada y sellaron la suerte del levantamiento. 

Lo que había provocado el éxito inicial del Cordobazo —una explosión espontánea de furia popular que rápidamente trascendió su marco organizativo y era tan descentralizada que las tácticas policiales clásicas no podían suprimirla— se había convertido en una desventaja una vez que el ejército entró en escena. Para evitar la ocupación de la ciudad, los manifestantes habrían necesitado una coordinación organizativa y táctica, y la aptitud y voluntad de resistir con armas propias, cosas de las que carecían. La tardía intervención de los francotiradores, que eran independientes de los trabajadores y que nunca entraron verdaderamente en contacto con ellos, había sido un pobre sustituto de la resistencia organizada de la clase obrera.

A pesar del carácter masivo de la participación de la clase obrera cordobesa en la revuelta, la mitad de los trabajadores de los sectores dinámicos sólo desempeñaron un papel mínimo en los acontecimientos del 29 y 30 de mayo. (…) El testimonio de Carlos Masera, futuro presidente del clasista Sindicato de Trabajadores de Concord, perteneciente a Fiat, que se enteró de la conflagración en el centro de la ciudad a última hora del 29 mientras estaba en su casa y nunca se unió a la protesta, es representativo de los relatos de otros trabajadores de Fiat. 

El papel de los obreros del complejo IAME, administrado por los militares, fue igualmente mínimo. Casi todos los demás sindicatos estaban en las calles. No había en Córdoba un lumpenproletariado creciente; no existía un barril de pólvora de miseria listo para explotar. Los habitantes de las villas miseria de las afueras, una población relativamente pequeña en la Córdoba de esos años, no tuvieron una participación significativa en la protesta.

El Cordobazo del 29 y 30 de mayo de 1969 fue la chispa que dio origen a los casi seis años de militancia sindical que siguieron, hasta el Navarrazo del 27 de febrero de 1974. (…) Dentro de las fuerzas armadas, el Cordobazo puso en marcha un proceso de disenso y oposición contra el régimen, provocando un debilitamiento fatal de la dictadura que culminaría en la destitución de Onganía en junio del año siguiente (1970).

En términos del movimiento obrero, el Cordobazo también abrió posibilidades que antes no existían. Un cambio significativo tuvo lugar en Ferreyra, donde años de colusión sindical con la empresa Fiat y una ignominiosa pasividad durante el Cordobazo habían hecho a los trabajadores particularmente susceptibles a las influencias que había desatado el levantamiento de mayo. Los sindicatos amarillos de los trabajadores de Fiat, los sindicatos de planta SITRAC y SITRAM, serían el corazón del clasismo.

*Compiladores - Fragmento de "El Cordobazo y el clasismo en Córdoba - De la insurrección obrera al Navarrazo" 

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